Por Manuel Marlasca, periodista especializado en sucesos e investigación criminal y socio de honor de AMIFP
Desde que comencé mi carrera como reportero de sucesos he conocido dos reyes de España, cuatro papas, cinco presidentes del Gobierno, doce ministros del Interior, once directores generales de la Policía y he perdido la cuenta de cuántos comisarios jefes de la Brigada de Policía Judicial de Madrid. En los despachos de la Puerta del Sol, la plaza de Pontejos y la calle Doctor Federico Rubio y Galí -las tres sedes de la Pringue que he visitado asiduamente desde 1988- he visto mandos de todo jaez: tipos duros con los años de calle dibujados en las arrugas de sus rostros y a los que nadie discutía la autoridad que emanaba de sus hojas de servicio; hombres bondadosos para los que los policías de la Brigada eran como sus hijos; burócratas que treparon a lomos de los que tenían a su cargo; comisarios brillantes con la capacidad de liderazgo de un cruzado iluminado; jefes que se limitaban a dejar hacer a los que sabían y a conseguir recursos para ellos. Sí ha habido un denominador común en todos ellos; se trata de un sentimiento que va del rendido enamoramiento a la sobria admiración por una de sus unidades: la UFAM, que desde hace unos años engloba al antiguo SAM y al GRUME y que se dedica a resolver delitos relacionados con la violencia sexual y doméstica contra los menores y las mujeres.
Hace unos meses se produjo un nuevo relevo en la jefatura de la Brigada de Policía Judicial de Madrid, a la que se incorporaron tres mandos procedentes de distintas unidades. Hablé con uno de ellos pocas semanas después de tomar posesión: «Estoy alucinado con la UFAM -me dijo-. ¿Tú has visto lo que trabajan? Un turno allí te pone en tu sitio». Sonreí con la condescendencia de quien ha oído ya la misma historia muchas veces. Porque la UFAM, una de las unidades menos conocidas y mediáticas de la Policía Nacional, es una maquinaria que funciona con la precisión de un reloj atómico y la productividad de una factoría textil china.
La UFAM de Madrid recibe en el chalecito -el edificio propio que tienen junto al complejo de la Jefatura Superior de Policía- entre ochenta y cien denuncias mensuales, una cifra que ninguna otra unidad alcanza ni de lejos. Los cincuenta y seis hombres y mujeres que trabajan allí se reparten en dos grupos de investigación -autor conocido y autor desconocido- y la guardia, la oficina de denuncias, donde se ponen los cimientos para que las investigaciones sean exitosas.
Desde hace muchos años, los agentes de la UFAM reciben una formación especializada -más allá de la que todos ellos tienen para ser destinados allí- para hacer frente a la violencia sexual que sufren las personas con discapacidad intelectual, un colectivo especialmente vulnerable, que muchas veces es objetivo de depredadores de la peor especie. Sabedores de que la información que aporta la declaración de la víctima es fundamental para el desarrollo de las pesquisas, los policías de la UFAM intentan generar toda la confianza posible con los denunciantes y, si es necesario, solicitan la intermediación de los facilitadores de la fundación A LA PAR o se desplazan hasta su sede para proporcionar a las víctimas un entorno cómodo y favorable que sirva para obtener toda la información posible sobre sus agresores.
Quienes conocemos la UFAM sabemos muy bien el grado de compromiso con las víctimas de todos los que trabajan allí. No hay denunciantes de primera y de segunda ni casos preferentes. Se baten el cobre y paralizan sus vidas si es preciso para hacer justicia y reparar a todos los que han sufrido la maldad y sus consecuencias en sus carnes, sin distinciones ni excepciones. En demasiadas ocasiones, cuando el dolor lo arrasa todo y la piel duele tan solo con rozarla, el único alivio está en los hombres y mujeres de la UFAM.